Fiordo Polar
Aurora boreal verde sobre cabañas rorbu rojas reflejadas en un fiordo de las Lofoten

Islas Lofoten · Temporada de auroras

Las Lofoten, día a día

Siete días en el centro del óvalo auroral, entre picos que caen a plomo sobre el mar y pueblos de casas rojas encaramadas a las rocas.

Este es el recorrido completo de nuestro viaje a las Lofoten, contado día a día: por dónde pasamos, cuántos kilómetros hacemos, qué se ve en cada parada y por qué hemos elegido hacerlo así y no de otra manera. Lo operamos de finales de agosto a mediados de abril, toda la temporada de auroras. No es un folleto: es la ruta que llevamos ocho años puliendo.

Duración
7 días
Base
4 noches en el mismo alojamiento
Kilómetros de ruta
875 km
Temporada
Finales de agosto a mediados de abril

Itinerario de ejemplo. El orden de las jornadas y las actividades pueden variar según la meteorología, el estado de las carreteras y el criterio del guía.

Casas rojas de pescadores en Hamnøy al pie de montañas nevadas, Islas Lofoten

El territorio

Qué son las Lofoten

El nombre lo dice casi todo. Lofoten viene de «lo», que significa lince, y «foten», que significa el pie: la cadena de islas, vista desde tierra firme, dibuja los picos puntiagudos de una pata de lince clavada en el mar. Es de esas etimologías que dejan de ser una curiosidad en cuanto ves el perfil del archipiélago recortado contra el cielo.

Y esa primera visión tiene nombre propio: el Lofotveggen, el muro de Lofoten. Desde la costa continental, al otro lado del Vestfjorden, las islas no parecen islas. Parecen una muralla continua de unos ciento sesenta kilómetros levantándose del agua, sin un hueco por el que pasar. Solo cuando te acercas descubres que aquella pared está llena de grietas, y que por cada grieta hay un fiordo, un pueblo y una carretera.

Son 1.227 kilómetros cuadrados repartidos entre cinco islas principales —Austvågøy, Gimsøy, Vestvågøy, Flakstadøy y Moskenesøya— con apenas 24.500 habitantes en total. Las dos localidades de referencia son Leknes, en Vestvågøy, y Svolvær, en Austvågøy, que ejerce de capital. Todo esto ocurre entre los paralelos 67 y 68, muy por encima del círculo polar ártico, en el condado de Nordland.

La geografía es la de casi toda la costa noruega, pero comprimida y exagerada: fiordos que muerden la tierra, montañas que arrancan directamente del agua sin molestarse en tener una llanura delante, y playas de arena blanca que parecen un error de continente. La cumbre más alta del archipiélago es el Higravstinden, con 1.146 metros, en Austvågøy; algo más al noreste, ya en el parque nacional de Møysalen, se llega a los 1.262.

Hay una explicación para esa desproporción entre lo poco que ocupan las islas y lo grandes que parecen sus montañas: aquí no hay antesala. En los Alpes subes durante horas antes de llegar a la alta montaña. En Lofoten el nivel del mar y los mil metros están separados por un par de kilómetros en horizontal. Todo está de pie.

Y hay mucha más vida de la que uno espera tan al norte. La densidad de pigargos —el águila de cola blanca, con hasta dos metros y medio de envergadura— es de las mayores de todo el continente. Hay cormoranes, millones de aves marinas incluidos los frailecillos atlánticos, nutrias en Moskenesøya y alces en Austvågøy.

La carretera que lo cose todo es la E10. Permite llegar por tierra hasta Moskenes desde Narvik y Harstad, y su último tramo no se terminó hasta diciembre de 2007: hasta entonces, cruzar entre archipiélagos obligaba a coger el ferry. Hoy las islas mayores están conectadas entre sí por puentes y por túneles submarinos que pasan por debajo de los fiordos. Que exista esa carretera es la razón de que este viaje se pueda hacer por tierra y a nuestro ritmo.

Superficie
1.227 km²
Habitantes
24.500
Cumbre más alta
Higravstinden, 1.146 m
Latitud
Paralelos 67–68 N
Costa de las islas del norte de Noruega con montañas y playa de arena clara a finales de verano

Cuándo ir

Ocho meses de temporada, y ningún viaje igual

Este viaje se opera desde finales de agosto hasta mediados de abril. No es un viaje de invierno: es un viaje de temporada de auroras, que es otra cosa. La aurora no necesita frío, necesita oscuridad, y a esta latitud la oscuridad vuelve mucho antes de que llegue la nieve y sigue ahí cuando ya se ha ido.

Por eso conviene elegir mes sabiendo qué se elige, porque el recorrido es el mismo y el viaje no.

Finales de agosto y septiembre. Las islas todavía están verdes y la tundra empieza a encenderse de rojos y ocres. Se puede caminar sin equipación invernal, las carreteras están todas abiertas y las noches ya son lo bastante largas y negras para salir a buscar auroras. Es la ventana que menos gente conoce: hay quien no se imagina una aurora sobre un paisaje verde, y es justamente lo que pasa aquí.

Octubre y noviembre. El otoño ártico en su punto. El mar se pone bravo, la luz es baja y dorada durante casi todo el día, y llega la primera nieve a las cumbres mientras abajo aún hay hierba. Es probablemente el momento más fotogénico del año y el de mayor contraste.

Diciembre y enero. La noche polar. Entre principios de diciembre y principios de enero el sol no llega a asomar por el horizonte, pero la idea de que son veinticuatro horas de negrura es falsa: lo que hay son cuatro o cinco horas de una penumbra azul intensa, muy suave, que lo tiñe todo de un color que no existe en ningún otro sitio. La nieve lo amplifica. Es el ambiente más extremo y más envolvente de la temporada.

Febrero y marzo. El equilibrio. Paisaje plenamente nevado, el que todo el mundo tiene en la cabeza cuando piensa en Lofoten, pero con la luz ya de vuelta y los días alargándose rápido. Se ve el paisaje de día y se buscan auroras de noche, sin renunciar a nada. Es la ventana más solicitada.

Abril. La despedida. Todavía hay nieve arriba, la luz es ya generosa y las últimas semanas de oscuridad útil permiten seguir cazando auroras. El invierno se está yendo y se nota en todo.

Una cosa que no cambia en ningún mes: el clima atlántico. La corriente del Golfo mantiene estas islas mucho más templadas de lo que corresponde a su latitud —en pleno invierno rara vez se baja de los diez bajo cero, y hay sitios de la Europa continental que pasan más frío—, pero a cambio el tiempo cambia cada pocas horas. Aquí no se planifica contra el parte: se trabaja con él.

Temporada
Finales de agosto – mediados de abril
Noche polar
Principios de diciembre – principios de enero
Paisaje nevado
Diciembre – abril
Sin nieve, con auroras
Finales de agosto – octubre
Bacalaos secándose en las Islas Lofoten, con el método tradicional

Por qué existen estos pueblos

Mil años de bacalao

Hay una pregunta que surge sola al llegar: por qué hay pueblos aquí. Por qué alguien decidió vivir en una roca sin tierra cultivable, a esta latitud, con el Atlántico delante. La respuesta lleva mil años nadando hasta aquí cada invierno.

Se llama skrei y es el bacalao ártico. Pasa el año en el mar de Barents, y entre enero y abril baja en masa hasta las aguas de Lofoten a desovar, porque la corriente del Golfo las mantiene templadas justo lo suficiente. Lleva haciéndolo desde mucho antes de que existiera Noruega. Sobre esa migración está construido absolutamente todo lo que vamos a ver: los pueblos, los puertos, y las cabañas rojas en las que dormimos, las rorbuer, que no son una idea de turismo rural sino el alojamiento que se levantaba para los pescadores de temporada.

El pescado se secaba —y se sigue secando— al aire libre, colgado de los hjell, esos armazones de madera que parecen bosques geométricos y que veremos por todas partes, sobre todo en Henningsvær. Sin sal, sin humo, sin nada: solo viento frío y tiempo. El resultado se conserva durante años, y eso convirtió a estas islas en una potencia exportadora cuando la conservación de alimentos era el problema más difícil del mundo.

Y aquí hay una conexión que a un lector español le toca de cerca. Noruega es hoy uno de los principales proveedores de bacalao de España, y buena parte de ese pescado sale de estas aguas. El bacalao que se come en casa, el de Semana Santa, el del pil-pil, empieza exactamente aquí, en unos palos de madera batidos por el viento y con las montañas detrás. Es raro y es bonito mirar un secadero y reconocer algo de la propia cocina.

Hay incluso una historia fundacional, y es buena. En el invierno de 1432 un mercader veneciano llamado Pietro Querini naufragó y acabó en Røst, uno de los islotes del extremo sur de Lofoten. Los pescadores lo acogieron durante meses, y cuando volvió a Venecia se llevó consigo el bacalao seco y la crónica de cómo se hacía. De aquel naufragio descienden buena parte de los platos de bacalao del sur de Europa. Un italiano perdido en el Ártico, hace seiscientos años, explicando por qué hoy esto se come en Bilbao.

Temporada del skrei
Enero – abril
Método de secado
Aire y viento, sin sal
Naufragio de Querini
Røst, 1432
Reno pastando en la tundra del norte de Noruega

El territorio

Vesterålen, el archipiélago de al lado

Justo al norte de las Lofoten empieza Vesterålen, y lo cruzamos entero el segundo día. Lo componen Langøya, Andøya, Hadseløya, parte de Hinnøya y un buen puñado de islas menores. El paisaje sigue siendo montañoso, pero la forma cambia: aquí las montañas son más redondeadas, menos afiladas que las de Lofoten, y los pueblos se reparten por la franja costera entre la montaña y el fiordo.

El clima es marítimo y sorprendentemente benigno para lo al norte que está: en Andenes, la temperatura media de septiembre ronda los 7 °C. La pesca ha sido históricamente la actividad económica principal y hoy el turismo ha ganado mucho peso, en buena medida por el avistamiento de cetáceos: frente a Andenes el fondo marino se desploma en un cañón submarino a muy poca distancia de la costa, y eso atrae cachalotes durante buena parte del año. Nosotros lo atravesamos de camino, pero conviene saber qué hay al lado.

Atravesarlo es parte de la gracia del viaje: en una sola jornada se pasa del bosque de abedules a nivel del mar a la zona alpina y a la tundra pelada, con enormes puentes y localidades de colores encadenándose por el camino. Es el día en el que uno entiende la escala de lo que está recorriendo.

Aurora boreal intensa sobre Reine, la ciudad declarada la más bonita de Noruega, en las Islas Lofoten

El fenómeno

La aurora boreal, la joya escondida del viaje

Una aurora es un brillo, una luminiscencia que aparece en el cielo nocturno de las zonas polares. En el hemisferio norte se llama aurora boreal, de Aurora, la diosa romana del amanecer, y de Bóreas, la palabra griega para el norte. En el hemisferio sur, aurora austral.

Durante siglos no fue un fenómeno, fue un presagio. Tanto en Occidente como en China se describían como serpientes o dragones cruzando el cielo. El estudio científico no arranca hasta el siglo XVII: en 1621 el astrónomo francés Pierre Gassendi describe el fenómeno observado en el sur de Francia y le pone el nombre de aurora polar. En el XVIII, el británico Edmond Halley sospecha que el campo magnético terrestre tiene algo que ver. Henry Cavendish consigue en 1768 estimar la altitud a la que se produce. Pero hay que esperar a 1896, cuando el noruego Kristian Birkeland lo reproduce en el laboratorio con partículas cargadas moviéndose en un campo magnético, para empezar a entender de verdad el mecanismo.

Y aquí está el motivo de que el viaje sea donde es. Las auroras no se reparten por igual: se manifiestan en un enorme anillo alrededor del polo norte magnético, el óvalo auroral. Las Lofoten y Vesterålen no están cerca de ese anillo, están justo en el centro. Por eso no hace falta una tormenta solar excepcional para ver algo; basta con que el cielo se despeje.

Conviene decir también qué se ve de verdad, porque las fotos han hecho mucho daño. Una cámara acumula luz durante segundos y el ojo humano no. Una aurora discreta se ve como una banda pálida, casi gris verdosa, que uno confunde al principio con una nube rara que no se mueve como las demás. Cuando sube de intensidad aparece el verde inequívoco, y cuando la cosa se pone seria empieza lo que nadie olvida: la danza. Cortinas que se pliegan y se desplazan por el cielo a una velocidad que no parece de este mundo, a veces con rosas y violetas en los bordes. No pasa todas las noches. Cuando pasa, se acabó la conversación y todo el mundo se queda callado.

Nuestra forma de buscarlas es sencilla y es la razón de tener vehículo propio: se mira el parte de nubes y la actividad geomagnética, se elige un punto oscuro y despejado, y se conduce hasta allí. A veces son diez minutos, a veces cuarenta. Las islas son estrechas y eso juega a favor: si está encapotado por el norte, muchas veces basta con cruzar a la otra costa. Salimos todas las noches que el cielo lo permita.

Lo que no vamos a hacer es prometerlas. Nadie puede. Se puede elegir el mejor sitio del planeta, se puede tener la flexibilidad para perseguir el claro y se pueden dedicar siete noches en vez de una. Eso es exactamente lo que hacemos, y es lo máximo que se puede hacer.

Temporada
Finales de agosto – mediados de abril
Posición
Centro del óvalo auroral
Salidas
Todas las noches, si el cielo lo permite
Nuestro alojamiento principal, en las Islas Lofoten

Cómo lo planteamos

Cuatro noches en el mismo sitio, y no es casualidad

La mayoría de rutas por las Lofoten van cambiando de alojamiento cada noche. Nosotros hacemos lo contrario a propósito: el segundo día metemos un trayecto largo para plantarnos en el corazón del archipiélago, y a partir de ahí nos quedamos cuatro noches seguidas en el mismo sitio, el Lofoten Basecamp, frente al mar.

El cambio que supone es enorme. Se deshace la maleta una vez. No se madruga para hacer el check-out. Se sale a buscar auroras a las once de la noche sabiendo que la cama está a quince minutos y no a dos horas. Y si un día el tiempo se tuerce, se puede dar la vuelta sin que se caiga el plan entero, porque no hay que llegar sí o sí a otro pueblo.

Esa flexibilidad no es un lujo menor en un viaje de auroras. Lo que decide si ves una no es la suerte, es cuántas veces puedes salir y con cuánta libertad. Cambiar de hotel cada noche te ata a un horario y a una carretera concreta; tener una base no.

Llevamos ocho años yendo al mismo sitio. A estas alturas la relación con la gente del Basecamp no es la de un proveedor: nos conocen, sabemos cómo funciona cada cabaña y nos abren la puerta como a los de casa. Eso se nota en los detalles pequeños, que son los que acaban recordándose. Y las cabañas tienen vistas directas al océano, que para un viaje de auroras significa que muchas noches no hace falta ni coger el coche.

Noches en la base
4 de 6
Trabajando con ellos
8 años
Vistas
Directas al océano
Alce adulto con grandes cuernos entre abedules nevados cerca de Evenes, Noruega

Llegada · Aeropuerto de Harstad/Narvik (Evenes)

El umbral, entre alces y barcos hundidos

Día
1 de 7

El viaje empieza en el aeropuerto de Harstad/Narvik, que casi todo el mundo conoce simplemente como Evenes. No está dentro de ninguna ciudad: se levanta en mitad de una zona de paso entre la Noruega continental y los archipiélagos de Lofoten y Vesterålen, rodeado de pequeñas localidades y de bosque de abedul y pino.

Está a la orilla del Ofotfjord, el fiordo de Narvik, y el traslado al alojamiento es de apenas cinco minutos. Es una tarde tranquila a propósito: sirve para aterrizar, conocerse y empezar a hacerse a la idea de dónde estamos. Porque ya estamos al norte del círculo polar, y se nota en el aire.

Merece la pena saber qué fiordo se tiene delante. Narvik existe por una razón muy concreta: es el puerto libre de hielos más cercano a las minas de hierro de Kiruna, en la Suecia sueca, y por aquí ha salido ese mineral durante más de un siglo. Eso lo convirtió en un objetivo estratégico y, en la primavera de 1940, en el escenario de una de las batallas navales más duras de la Segunda Guerra Mundial. Se hundieron muchos barcos en estas aguas y siguen ahí abajo: hoy es una de las zonas de buceo de pecios más conocidas del norte de Europa. Uno mira un fiordo tranquilo y lo que hay debajo es un cementerio de acero.

Arriba, en cambio, lo que hay es bosque y alces. Esta es una de las mejores zonas del viaje para intentar ver al mamífero más grande de la región: se mueven entre los abedules al amanecer y al atardecer, y no es raro cruzarse con alguno desde la carretera. Un alce adulto puede pasar de los seiscientos kilos, y verlo salir de la linde del bosque a treinta metros recalibra bastante la escala de las cosas.

Si el cielo está despejado, la primera noche ya es noche de auroras. No hay que esperar al día siguiente para empezar a mirar arriba.

Curiosidades

  • Zona de afluencia de alces: conviene llevar la cámara a mano ya desde el traslado.
  • Durante las batallas de Narvik, en 1940, se hundieron numerosos barcos en el fiordo. Hoy es una zona muy recomendada para buceo de pecios.
  • Por el puerto de Narvik sale el hierro de las minas suecas de Kiruna: es el puerto libre de hielo más cercano, y esa es la razón de que exista la ciudad.
  • Traslado del aeropuerto al alojamiento: 5 minutos.
Visita a los renos, en las islas

Evenes → Leknes

Cruzar Vesterålen entero para llegar al centro

Día
2 de 7
Trayecto
300 km

Este es el día largo, y lo es por decisión propia. Salimos de Evenes en dirección a las islas Vesterålen y cruzamos el archipiélago entero hasta llegar a Leknes, en el corazón de las Lofoten. Son unos 300 kilómetros combinando carretera y ferry. A cambio, deshacemos la maleta una sola vez y nos quedamos cuatro noches seguidas en el mismo sitio.

No es un día de carretera aburrido, ni mucho menos. En una sola jornada se atraviesan varios ecosistemas encadenados: el bosque de abedules a nivel del mar, la zona alpina más arriba y la tundra, pelada y con muy poca vegetación. El paisaje va cambiando de textura cada pocos kilómetros, y en un viaje de otoño ese cambio se ve además en el color: abajo todavía verde, arriba ya rojo y ocre.

Por el camino aparecen las dos cosas que nos van a acompañar durante todo el viaje: puentes enormes que saltan de isla en isla, y localidades diminutas de colores encaramadas al borde del agua. Noruega tiene una relación con los puentes que no es solo de ingeniería; en un país partido en pedazos por el mar, cada puente es una decisión política sobre qué comunidad merece seguir existiendo.

Hacemos la visita a la granja de renos, que además marca el punto más al norte de todo el recorrido: 240 kilómetros por encima del círculo polar ártico. El reno no es fauna salvaje en el sentido en que lo es el alce: aquí es un animal pastoreado, y detrás hay un pueblo, el sámi, que lleva milenios haciéndolo a lo largo de Sápmi, el territorio que hoy se reparte entre el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola. Estar un rato con quien vive de eso cambia bastante cómo se mira el resto del paisaje.

Al final del día llegamos a la base. A partir de aquí, todo lo demás son salidas y regresos al mismo sitio.

Curiosidades

  • La granja de renos es el punto más septentrional del viaje: 240 km por encima del círculo polar ártico.
  • Hasta 2007 era obligatorio coger el ferry para cruzar entre Vesterålen y Lofoten. Ese año se inauguró el túnel que atraviesa el parque nacional de Møysalen y que permite evitar el barco.
  • Zona de afluencia de alces durante buena parte del trayecto.
  • Trayecto total: 300 km combinando ferry y carretera.
Puerto de Svolvær con casas de colores y montañas al fondo, Islas Lofoten

Svolvær y Henningsvær

La capital y la Venecia de las Lofoten

Día
3 de 7
Trayecto
80 km

Arrancamos temprano por la carretera turística nacional en dirección a Svolvær, la capital de las islas. Es el sitio con más vida del archipiélago y el puerto desde el que sale casi todo: los barcos al Trollfjord, los safaris de águilas, la flota que aún faena el bacalao. Por encima del pueblo se levanta la Svolværgeita, «la cabra de Svolvær», una aguja de roca rematada por dos cuernos separados por un metro y medio de aire y doscientos de caída. Saltar de un cuerno al otro es un clásico de la escalada noruega y una de esas cosas que uno prefiere mirar desde abajo.

Aquí al lado, en Vågan, estuvo la primera ciudad del norte de Noruega, fundada en el siglo XII. No creció por su posición ni por su tierra: creció porque era donde llegaba el pescado.

Vista aérea del campo de fútbol de Henningsvær rodeado de mar y rocas en las Islas Lofoten

De ahí seguimos hasta Henningsvær, repartida entre varios islotes cosidos por puentes, lo que le ha valido el apodo de la Venecia de las Lofoten. Lo primero que se ve al entrar no son las casas: son los hjell, los secaderos de madera donde se cuelga el bacalao al viento, formando bosques geométricos entre los edificios. Después de lo que hemos contado sobre el skrei, mirarlos es otra cosa: eso es exactamente lo que sostuvo a estas islas durante mil años, y sigue funcionando igual.

Henningsvær es probablemente el pueblo con más carácter del archipiélago, y tiene un contraste raro y muy bonito: galerías de arte contemporáneo, exposiciones y cafés conviviendo en cuatro calles con una industria pesquera de siglos. No es un pueblo museo. Es un puerto que además decidió llenarse de arte.

Y después dejamos la E10 para seguir por carreteras secundarias hasta la iglesia de Gimsøy, plantada en un paraje abierto, sin nada alrededor salvo el mar y la montaña. Es de esos sitios que no salen en los folletos y que a la gente se le queda grabado: una construcción pequeña de madera, sola, aguantando el viento en mitad de la nada.

Curiosidades

  • En Henningsvær está uno de los campos de fútbol más fotografiados del mundo: un rectángulo de césped sobre la roca desnuda, rodeado de mar por los cuatro costados y de secaderos de bacalao. No tiene gradas, porque no hay dónde ponerlas.
  • La Svolværgeita tiene dos cuernos separados por metro y medio. Saltar de uno a otro, con doscientos metros de vacío debajo, es un rito para los escaladores noruegos.
  • Vågan, junto a Svolvær, fue la primera ciudad del norte de Noruega, fundada en el siglo XII gracias al comercio del bacalao seco.
  • La carretera del día es parte de la Ruta Turística Nacional, una de las carreteras panorámicas oficiales de Noruega.
  • Trayecto: 80 km.
La playa de Ramberg, una de las más bonitas de las Lofoten, con su arena blanca y sus aguas turquesas

Playas árticas

Arena blanca a 68 grados norte

Día
4 de 7
Trayecto
100 km

Las Lofoten no son solo bacalao y casas rojas de pescadores. También son playas, y son el tipo de playa que descoloca: arena blanca, agua de un turquesa que no parece de aquí, y montañas cerrando el fondo. La foto no engaña, lo que engaña es la temperatura del agua.

El color tiene explicación. La arena de estas playas es de cuarzo y conchas molidas, muy clara, y el agua que llega es atlántica y limpísima, sin apenas sedimento en suspensión. Con luz baja —y aquí la luz es baja casi siempre— el fondo claro devuelve ese turquesa que todo el mundo da por retocado.

Hoy visitamos algunas de las más conocidas. Unstad, un pequeño anfiteatro abierto al Atlántico y uno de los puntos de surf más septentrionales del mundo: hay gente metiéndose al agua con neopreno grueso en pleno invierno, con nieve en la orilla, y lleva pasando desde los años sesenta. Uttakleiv, la más fotografiada del archipiélago, famosa por sus rocas redondeadas y por el Ojo de Dragón, una formación que el mar ha ido puliendo en la piedra. Y Haukland, que aparece con regularidad en las listas de mejores playas de Noruega, cosa que dice bastante en un país que tiene veinticinco mil kilómetros de costa.

Uttakleiv tiene además una particularidad que importa en este viaje: mira al norte y está muy resguardada de las luces, lo que la convierte en uno de los mejores miradores de auroras de las islas. Es un sitio al que se puede volver de noche.

Y si el tiempo no obliga a cambiar de planes, cae también la visita al museo vikingo, que está a solo veinte minutos de las cabañas. Merece el desvío: en Borg apareció la casa comunal vikinga más grande encontrada hasta la fecha, ochenta y tres metros de largo, y lo que hay hoy es una reconstrucción completa sobre el yacimiento. Se entra y huele a humo y a brea. Ayuda a entender que esto no era la periferia del mundo vikingo: era uno de sus centros de poder.

Curiosidades

  • En la cafetería del pueblo de Unstad hacen los mejores bollos de canela de las islas, que es el dulce típico por excelencia. No es broma: hay gente que conduce hasta allí solo por eso.
  • El Museo Vikingo de Lofotr, en Borg, se construyó sobre los restos de la casa comunal vikinga más grande encontrada hasta la fecha: 83 metros de largo.
  • Se practica surf en Unstad desde los años sesenta, cuando dos vecinos se fabricaron sus propias tablas. Hoy vienen surfistas de todo el mundo a meterse en agua a seis grados.
  • El alojamiento dispone de sauna. La tradición local manda alternarla con un baño en el mar.
  • Trayecto: 100 km.
Casa típica del pueblo de Sakrisøy, en las Islas Lofoten

El sur del archipiélago

El día con más paradas de toda la ruta

Día
5 de 7
Trayecto
150 km

Sobre el papel son 150 kilómetros, pero es el día que más tiempo lleva, porque las paradas son continuas. Bajamos hacia el extremo sur del archipiélago, que es donde el paisaje se vuelve más vertical y más extremo, y donde están los pueblos que todo el mundo ha visto en foto aunque no supiera cómo se llamaban.

Reine, encajado entre picos que salen del agua como cuchillos, y que aparece en casi todas las listas de pueblos más bonitos de Noruega. Hamnøy, con sus rorbuer rojas colgando sobre el fiordo, probablemente el encuadre más repetido de todo el norte del país. Nusfjord, uno de los pueblos pesqueros mejor conservados de Noruega, que parece detenido a principios del siglo pasado y que llegó a estar en la lista de aspirantes a patrimonio de la humanidad. Y Å, al final de la E10, con el nombre más corto que existe: una sola letra, la última del alfabeto noruego. Literalmente, el final de la carretera.

Cabañas rorbu rojas de Hamnøy sobre el agua con montañas detrás

Por el camino paramos en Sakrisøy, que llama la atención porque rompe la norma cromática de las islas: en vez de rojo, sus casas son de color calabaza. La razón del rojo, por cierto, es económica y no estética: el pigmento de óxido de hierro era con diferencia el más barato, y las casas de otros colores delataban a quien podía permitírselo.

En el agua que hay más allá de Å, entre Moskenesøya y la isla de Værøy, está el Moskstraumen, una de las corrientes de marea más potentes del planeta. No se ve desde la carretera y no vamos a verlo: está mar adentro y hay que estar encima. Pero conviene saber que está ahí, porque su fama es descomunal: es el remolino sobre el que escribió Edgar Allan Poe en «Un descenso al Maelström» y al que Julio Verne mandó al Nautilus al final de «Veinte mil leguas de viaje submarino». Dos de los grandes torbellinos de la literatura universal están justo detrás de esas montañas.

Es un día de mirar sin prisa y de parar cada vez que la curva lo pida, que es casi siempre. Si el tiempo se pone muy feo, se aprovecha para visitar el museo vikingo, a veinte minutos de los alojamientos.

Curiosidades

  • Sakrisøy es típica por sus casas de color calabaza, tan distintas al rojo predominante del resto del archipiélago.
  • El rojo de las casas noruegas no es una decisión estética: el pigmento de óxido de hierro era el más barato que existía. El blanco y el amarillo eran caros, y por eso señalaban dinero.
  • El pueblo de Å tiene el nombre más corto del mundo: una sola letra. Marca el final de la carretera E10.
  • Frente a esta costa, mar adentro, está el Moskstraumen: el remolino que inspiró a Edgar Allan Poe y al que Julio Verne mandó el Nautilus. No es visible desde tierra.
  • Alternativa con mal tiempo: el museo vikingo, a 20 minutos de las cabañas.
  • Trayecto: 150 km.
Entrada al Trollfjord

Leknes → Evenes

La vuelta, con parada en el fiordo de los Trolls

Día
6 de 7
Trayecto
245 km

Empezamos la ruta de regreso hacia el aeropuerto, pero el día no es de tránsito. Volvemos a parar en Svolvær, y ahí hay dos opciones: el safari de águilas en zódiac, que entra en el Trollfjord, o quedarse conociendo la capital con calma.

El Trollfjord, el fiordo de los Trolls, merece el desvío. Es un corte de apenas dos kilómetros de largo con una entrada tan estrecha —poco más de cien metros— que los barcos parecen colarse por una rendija entre paredes de roca de cientos de metros. Recibe su nombre por la cantidad de accidentes de montañeros que ha habido en su zona escarpada; las leyendas locales decían que los causantes eran los trolls.

Tiene además una historia real que en Noruega todo el mundo conoce. En marzo de 1890, el arenque se metió en masa dentro del fiordo y los grandes barcos de vapor bloquearon la entrada para quedárselo, dejando fuera a los pescadores locales de barca abierta. Aquello acabó en una batalla campal a golpe de remo y manguera de agua, con heridos y juicios, y se recuerda como la batalla del Trollfjord. Es el episodio que mejor resume el cambio de época en estas islas: la pesca artesanal frente al vapor. Inspiró una novela clásica de la literatura noruega y todavía se cita cuando se discute quién tiene derecho a pescar qué.

Es también territorio de pigargos, y en el safari se ven de cerca. Un águila de dos metros y medio de envergadura bajando a por un pez a pocos metros de la zódiac no es una experiencia que se olvide.

El resto del día se usa a propósito como colchón: se aprovecha el viaje de vuelta para visitar los sitios que no se pudieron ver al llegar de noche o por mal tiempo, los que se quedaron pendientes, y los que alguien quiera repetir. Después de seis días, siempre hay algo de las dos categorías.

Curiosidades

  • Posibilidad de hacer el safari de águilas en zódiac y entrar en el fiordo de los Trolls.
  • El fiordo recibe su nombre por la cantidad de accidentes de montañeros ocurridos en su zona escarpada; las leyendas locales culpaban a los trolls.
  • En 1890 se libró aquí la batalla del Trollfjord: los barcos de vapor bloquearon la entrada del fiordo para quedarse el arenque y los pescadores locales se lo impidieron a golpes. Acabó en los tribunales y en una novela.
  • Es zona de pigargos, el águila marina más grande de Europa, con hasta 2,5 m de envergadura.
  • Trayecto total del día: 245 km.
Avión despegando al atardecer con cielo anaranjado

Regreso a casa

La última mañana

Día
7 de 7

Día de regreso. Traslado del alojamiento al aeropuerto de Evenes y vuelta a casa.

En función del horario de los vuelos, muchas veces queda una mañana libre. No es tiempo muerto: estamos otra vez a orillas del Ofotfjord, en la misma zona de bosque y alces del primer día, y ahora se mira distinto. Lo que el primer día era un sitio de paso desconocido, al séptimo es un paisaje que ya se sabe leer.

Y suele pasar algo más. El último día es cuando la gente empieza a comparar lo que traía en la cabeza con lo que ha visto. Casi nadie llega esperando playas de arena blanca, ni secaderos de bacalao, ni que el rojo de las casas tenga una explicación económica. Se viene por las auroras, que son el motivo declarado y con razón, y se vuelve con un montón de cosas que no estaban en el folleto.

Curiosidades

  • Traslado del alojamiento al aeropuerto de Evenes.
  • Según horarios de vuelo, posible mañana libre en los alrededores.
  • Última oportunidad para ver alces: la zona del aeropuerto es de las mejores del viaje.

La ruta completa

De Evenes a Leknes cruzando Vesterålen entero, cuatro noches de base en el corazón de las Lofoten y regreso por Svolvær y el fiordo de los Trolls. En total, unos 875 kilómetros de carretera y ferry, repartidos de forma muy desigual a propósito: un día largo de traslado para no volver a hacer ninguno más.

Mapa de la ruta del viaje por las Islas Lofoten y Vesterålen con los puntos de interés marcados

Total de la ruta: 875 km

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Auroras Boreales en las Lofoten

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